Tras haber dejado atrás Hispania, nos propusimos atravesar los Alpes en pleno invierno, un error. Pero la impaciencia por derrotar a Roma lo antes posible, no nos permitió ver nuestras equivocaciones.
Las temperaturas extremas, las intensas nevadas, las fuertes lluvias, el agotamiento... nos causaban pérdidas de amigos, compañeros, ¡de nuestros hermanos! Sólo nos levantaba la moral las victorias ante los romanos, los cuales ya no sabían qué hacer para pararnos.
El numeroso ejercito con el que comenzamos, se vio reducido de cien mil a treinta mil hombres. Hasta nuestras armas más poderosas, los elefantes de guerra, empezaban a dar señas de hundirse.
Una vez atravesados los Alpes, empezamos a arrasar los primeros pueblos romanos de la Península Itálica. Éramos invencibles y nuestro enemigo veía impotente, cómo nos acercábamos a su pilar más importante, Roma.
